de: Gabriel Salinas
El
“deshacerse en elogios” resulta desmedido en la mayoría de las situaciones, o
cuando menos, desemboca en una actitud histérica que desluce las reales virtudes
de aquello a lo que nos referimos. Sin embargo, ante el fenómeno factico que se
apresta despóticamente sobre nuestra experiencia -siempre habida de estímulos y
por ello a veces insensible, el “deshacerse en halagos” resulta en la única
respuesta legítima de nuestra conciencia. Es una declaración existencial sin
concesiones el afirmar que delante mío tengo algo que ha encandilado mis
sentidos, y que mas allá de lo previsto ha tomado contacto con mi espíritu. Por
ello ateniéndonos a una definición algo vaga -pero suficiente para nuestro
propósito-, del arte como ente objetivo que se eleva a un rango diferente de
nuestra experiencia, bajo la condición de su potencial simbólico que hace suyo
el terreno de lo sensible; consecuentemente, podemos afirmar, que ESTO
enfrente mío, que implacablemente absorbe mi atención y afecta mis
sentidos, es una verdadera obra de arte. No hacen falta justificaciones
sumarias.
Esta
música de Taki Ongoy, que casi no encuentra parangón en la tradición musical de
nuestro país, habla literalmente con los espíritus que aprecian la creatividad,
la búsqueda, la experimentación, y por sobre todo, la meticulosa construcción
de un discurso artístico autentico, un aspecto del que carecen muchas músicas
bolivianas contemporáneas, que sin culpa asumen un rol reproductivo del
“cliché-del cliché”, e incorporan sin reflexión alguna cualquier gesto musical
de moda. Este no es el caso en Taki Ongoy, donde uno encontrara el empleo de
sonoridades que van del rock, a la música electrónica, y por ultimo al
folcklore, empleadas efectivamente como materiales en una “Instalación” donde
la creatividad es la única llamada a otorgar sentido a la disposición final de
los elementos, de acuerdo a una honda reflexión de los efectos simbólicos que
se pretenden trabajar. Un ejemplo sencillo seria la división nominal del disco
en ocho “bailes”, cuando en realidad las composiciones se desarrollan en un
tempo cuasi lento, totalmente asincrónico con la noción
convencional y esencial de “música bailable”, y de hecho demoliendo toda
concepción de “forma musical” en favor de algo más fértil pero impreciso como
un espectro; todo esto marca de antemano una atmosfera sorpresiva e
inquietante, quizá de “baile” no-baile…, de espacio musical diferenciado -me
animaría a decir- de espacio ritual, lo que se complementaria perfectamente con
las referencias agudas de las letras a una vida mundana que transita diversas
emociones, y que se encuentra anclada -como todos nosotros- en vacilaciones
alrededor de nuestra identidad, lo que se refuerza en las alusiones al
folclore, y a la participación de Luis Rico (gran Shaman?) en el cierre del
ciclo de bailes.
La cabalidad del argumento de Bourriaud hace eco al
reflexionar sobre “El otro baile” de Taki Ongoy, donde los materiales sonoros
dispuestos a favor de una producción de sentido estético y artístico cobran una
forma que “es un rostro que me mira ya que me llama para dialogar con ella”, ya
que esta música no se pretende conocida, si no mas bien por conocer, y esa es
una de sus grandes virtudes.
de: Gabriel Salinas
El
“deshacerse en elogios” resulta desmedido en la mayoría de las situaciones, o
cuando menos, desemboca en una actitud histérica que desluce las reales virtudes
de aquello a lo que nos referimos. Sin embargo, ante el fenómeno factico que se
apresta despóticamente sobre nuestra experiencia -siempre habida de estímulos y
por ello a veces insensible, el “deshacerse en halagos” resulta en la única
respuesta legítima de nuestra conciencia. Es una declaración existencial sin
concesiones el afirmar que delante mío tengo algo que ha encandilado mis
sentidos, y que mas allá de lo previsto ha tomado contacto con mi espíritu. Por
ello ateniéndonos a una definición algo vaga -pero suficiente para nuestro
propósito-, del arte como ente objetivo que se eleva a un rango diferente de
nuestra experiencia, bajo la condición de su potencial simbólico que hace suyo
el terreno de lo sensible; consecuentemente, podemos afirmar, que ESTO
enfrente mío, que implacablemente absorbe mi atención y afecta mis
sentidos, es una verdadera obra de arte. No hacen falta justificaciones
sumarias.
Esta
música de Taki Ongoy, que casi no encuentra parangón en la tradición musical de
nuestro país, habla literalmente con los espíritus que aprecian la creatividad,
la búsqueda, la experimentación, y por sobre todo, la meticulosa construcción
de un discurso artístico autentico, un aspecto del que carecen muchas músicas
bolivianas contemporáneas, que sin culpa asumen un rol reproductivo del
“cliché-del cliché”, e incorporan sin reflexión alguna cualquier gesto musical
de moda. Este no es el caso en Taki Ongoy, donde uno encontrara el empleo de
sonoridades que van del rock, a la música electrónica, y por ultimo al
folcklore, empleadas efectivamente como materiales en una “Instalación” donde
la creatividad es la única llamada a otorgar sentido a la disposición final de
los elementos, de acuerdo a una honda reflexión de los efectos simbólicos que
se pretenden trabajar. Un ejemplo sencillo seria la división nominal del disco
en ocho “bailes”, cuando en realidad las composiciones se desarrollan en un
tempo cuasi lento, totalmente asincrónico con la noción
convencional y esencial de “música bailable”, y de hecho demoliendo toda
concepción de “forma musical” en favor de algo más fértil pero impreciso como
un espectro; todo esto marca de antemano una atmosfera sorpresiva e
inquietante, quizá de “baile” no-baile…, de espacio musical diferenciado -me
animaría a decir- de espacio ritual, lo que se complementaria perfectamente con
las referencias agudas de las letras a una vida mundana que transita diversas
emociones, y que se encuentra anclada -como todos nosotros- en vacilaciones
alrededor de nuestra identidad, lo que se refuerza en las alusiones al
folclore, y a la participación de Luis Rico (gran Shaman?) en el cierre del
ciclo de bailes.
La cabalidad del argumento de Bourriaud hace eco al
reflexionar sobre “El otro baile” de Taki Ongoy, donde los materiales sonoros
dispuestos a favor de una producción de sentido estético y artístico cobran una
forma que “es un rostro que me mira ya que me llama para dialogar con ella”, ya
que esta música no se pretende conocida, si no mas bien por conocer, y esa es
una de sus grandes virtudes.
de: Gabriel Salinas
El
“deshacerse en elogios” resulta desmedido en la mayoría de las situaciones, o
cuando menos, desemboca en una actitud histérica que desluce las reales virtudes
de aquello a lo que nos referimos. Sin embargo, ante el fenómeno factico que se
apresta despóticamente sobre nuestra experiencia -siempre habida de estímulos y
por ello a veces insensible, el “deshacerse en halagos” resulta en la única
respuesta legítima de nuestra conciencia. Es una declaración existencial sin
concesiones el afirmar que delante mío tengo algo que ha encandilado mis
sentidos, y que mas allá de lo previsto ha tomado contacto con mi espíritu. Por
ello ateniéndonos a una definición algo vaga -pero suficiente para nuestro
propósito-, del arte como ente objetivo que se eleva a un rango diferente de
nuestra experiencia, bajo la condición de su potencial simbólico que hace suyo
el terreno de lo sensible; consecuentemente, podemos afirmar, que ESTO
enfrente mío, que implacablemente absorbe mi atención y afecta mis
sentidos, es una verdadera obra de arte. No hacen falta justificaciones
sumarias.
Esta
música de Taki Ongoy, que casi no encuentra parangón en la tradición musical de
nuestro país, habla literalmente con los espíritus que aprecian la creatividad,
la búsqueda, la experimentación, y por sobre todo, la meticulosa construcción
de un discurso artístico autentico, un aspecto del que carecen muchas músicas
bolivianas contemporáneas, que sin culpa asumen un rol reproductivo del
“cliché-del cliché”, e incorporan sin reflexión alguna cualquier gesto musical
de moda. Este no es el caso en Taki Ongoy, donde uno encontrara el empleo de
sonoridades que van del rock, a la música electrónica, y por ultimo al
folcklore, empleadas efectivamente como materiales en una “Instalación” donde
la creatividad es la única llamada a otorgar sentido a la disposición final de
los elementos, de acuerdo a una honda reflexión de los efectos simbólicos que
se pretenden trabajar. Un ejemplo sencillo seria la división nominal del disco
en ocho “bailes”, cuando en realidad las composiciones se desarrollan en un
tempo cuasi lento, totalmente asincrónico con la noción
convencional y esencial de “música bailable”, y de hecho demoliendo toda
concepción de “forma musical” en favor de algo más fértil pero impreciso como
un espectro; todo esto marca de antemano una atmosfera sorpresiva e
inquietante, quizá de “baile” no-baile…, de espacio musical diferenciado -me
animaría a decir- de espacio ritual, lo que se complementaria perfectamente con
las referencias agudas de las letras a una vida mundana que transita diversas
emociones, y que se encuentra anclada -como todos nosotros- en vacilaciones
alrededor de nuestra identidad, lo que se refuerza en las alusiones al
folclore, y a la participación de Luis Rico (gran Shaman?) en el cierre del
ciclo de bailes.
La cabalidad del argumento de Bourriaud hace eco al
reflexionar sobre “El otro baile” de Taki Ongoy, donde los materiales sonoros
dispuestos a favor de una producción de sentido estético y artístico cobran una
forma que “es un rostro que me mira ya que me llama para dialogar con ella”, ya
que esta música no se pretende conocida, si no mas bien por conocer, y esa es
una de sus grandes virtudes.


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